—¡Oh!, no me cuente Vuecencia la historia. Si fui yo el encargado de comprarlos. Se adquirieron con intención de asimilarlos a los demás juros. Don Antonio y yo hemos hablado largamente del asunto y es cosa arreglada, siempre que haya una mano enérgica en la administración.
—Muy bien —dijo Su Excelencia regocijado de mis procedimientos ejecutivos—. Pero harto sabe usted, Pipaón, que esa mano enérgica (ya hemos convenido en que será la de usted), que esa mano enérgica, repito, no podrá extender sus dedos de hierro mientras sea ministro de Hacienda el señor don Juan Pérez Villamil.
—Por de contado, en Madrid todos dan por muerto a Villamil.
—De eso se trata —afirmó cejijunto—. Pero no es tan fácil como parece, por más que diga el señor Collado... ya usted le oyó... Villamil está apoyado por Ceballos, el cual tiene muy buenos asideros.
—Mas es tan deplorable la política de este señor, que no sería difícil dar con él en tierra... digo, me parece a mí.
—Vaya si es deplorable. Todo el reino está alarmado ante las amenazas de los liberales —afirmó el duque, mostrando su desmedido celo por el bien público—. Las conspiraciones crecen.
—¿Y cómo no han de crecer, si ha desaparecido el coco de las Comisiones de Estado; si hasta se han prohibido las denominaciones de liberales y serviles; si se ha mandado que en el término de seis meses queden falladas todas las causas por opiniones políticas?
—Así no hay gobierno posible: es lo que yo digo. Así volvemos a los tumultos de la Constitución, al democratismo, al desorden de los papeles periódicos, de los clubs y de los cafés discursantes.
—Y se conspira, se conspira. Ya se lo demostraremos a Su Majestad.
—Si es inconcebible que no lo comprenda. ¡Qué falta nos hace ahora el bailío Tattischief! Ya podía haber dejado su viaje a París para mejor ocasión. Y el señor de Ugarte ¿cuándo viene de Guadalajara?