—De mañana a pasado. Por no poder hacerlo hoy, me escribió para que, de acuerdo con Vuecencia, estuviese a la mira del sucesor de Villamil en caso de que este caiga.
—¡Oh!, no hay duda en eso —afirmó el duque con resolución—. El nuevo ministro de Hacienda será don Felipe González Vallejo.
—Así lo espera don Antonio.
—Y así será. ¡Si es el candidato del infante don Antonio, que hace tiempo bebe los vientos por darle la cartera!
—Y en verdad, no hay hombre más para el caso —indiqué yo—. Vallejo no será tan reglamentario como ese testarudo alcalde de Móstoles, que no perdona un número ni una letra, y abruma a todos los empleados con su nimiedad escrupulosa. De todo quiere enterarse, y ha de meter su hocico en los asuntos más insignificantes.
—¡Qué calamidad! —exclamó Alagón con cierta somnolencia, arrellenándose en su sillón—. Dicen por ahí que Vallejo no sirve para el ministerio de Hacienda, porque ha derrochado su fortuna y la de su mujer.
—Y que administró detestablemente la fábrica de paños de Guadalajara.
—Y que es un ignorante aturdido. Digan lo que quieran, para ser ministro de Hacienda no se necesita ser una lumbrera, ¿no es verdad, Pipaón? Cobrar lo que le dan, entregar lo que le piden... Cuando no lo hay, ellos no lo han de sacar de las piedras...
—Y para echar contribuciones no se necesita ser un Séneca; ¿no es verdad, señor duque?...
—Si al menos lograran satisfacer las atenciones más sagradas... pero es calamitoso lo que pasa. El tesoro privativo del rey, aquel de que libremente y a su antojo dispone Su Majestad, no toma del Tesoro público todo lo que debiera tomar, porque las arcas están casi siempre vacías. Verdad es que los directores de Loterías y otros empleados de Hacienda regalan a Su Majestad, bajo el pretexto de ahorros, grandes sumas, que si no...