—Aun así, este año van depositados en el Banco de Londres algunos milloncejos —apunté con malicia.
—Poca cosa... —repuso con desdén el duque—. Gracias a que Su Majestad vive hoy con mucha economía... Ya sabe usted que ha dispuesto suprimir el regalo que antes se hacía a la servidumbre a fin de año.
—Sí, toda la ropa blanca usada por las Reales personas.
—Además ha suprimido mil inútiles despilfarros, porque el reino está agobiado de contribuciones, el Tesoro público vacío... Yo calculo que Su Majestad, arreglándose a la mayor sobriedad posible, no habrá gastado en el año que acaba de transcurrir arriba de ciento veinte millones.
—El año que viene será más. ¿No ha oído Vuecencia hablar de boda?
—No conozco más que los proyectos de Ugarte y de Tattischief... ¡Una princesa rusa!... —indicó meditabundo—. Dudo mucho que eso se realice... ¿Ha dicho usted que don Antonio viene?...
—Mañana o pasado.
—Si lográsemos despachar el asunto de Villamil, ya podría pensarse después en lo de la princesa rusa.
—El asunto de Villamil —afirmé yo en el tono más lisonjero que me fue posible— me parece resuelto, desde que hombres tan poderosos han puesto su mano en él. Por mi parte, en la Real Caja de Amortización estaré a las órdenes de Vuecencia.
—Gracias, Pipaón —me dijo con bondad suma—. Ya sabe usted que si el asunto fuera de interés mío exclusivamente, no lo tomaría tan a pechos; pero alguna persona muy superior a nosotros desea que esto se arregle.