—¡Oh, es claro! Nos debemos a Su Majestad... Pero a mis años, la enorme carga de un ministerio es insoportable... Precisamente en estos días la balumba de asuntos puestos al despacho me ha rendido más que una batalla.

—Pues es preciso cuidarse, señor don Francisco.

—¿Querrá usted creer, señor Collado —dijo el guerrero gesticulando con desenvoltura—, que ya están despachados todos los nombramientos que usted me recomendó en aquella minuta?...

—¿Las doce comandancias de provincias, seis plazas fuertes, y no sé cuántas tenencias de resguardos?... Pues la mitad de esas limosnas son para el señor duque, que nos está oyendo.

—Vamos —continuó don Francisco con socarronería—, que por falta de pedir no se les pondrá mohosa la lengua. Yo, que soy ministro, no he podido satisfacer el deseo que ha tiempo tengo de regalar un arciprestazgo al sobrino de mi cuñada. ¿Y por qué? Porque no me ocupo de pedir, ni gusto de importunar por un miserable destino.

—Se tendrá en cuenta —afirmó gravemente Collado.

—Hace pocos días —continuó el general—, hablé de esto a Moyano, y me dijo que Su Majestad se había reservado la provisión de todas las plazas.

—No es cierto, ¡qué enredo! —expresó el ayuda de cámara—. ¡Reservarse Su Majestad todas las plazas!

—Quien se las ha reservado —afirmó el duque con enojo—, es el mismo ministro, el insaciable don Tomás Moyano, que tiene media nación por parentela.

—¡Es gracioso! —dijo Eguía riendo—. Cuentan que ha despoblado a Castilla; que ya no hay en Valladolid quien tome el arado, porque los labradores todos han pasado a la secretaría de Gracia y Justicia.