—¡Cómo ha de ser!... A lo hecho, pecho —dije, calculando sin pérdida de tiempo qué nuevos medios emplearía para llevar adelante mi plan.
Pero sacome de mis meditaciones el duque mismo, llevándome de sala en sala hasta una en que acostumbraban reunirse los cortesanos para arreglar sus cuentas de favoritismo unos con otros, sopesar su respectiva influencia, y regodearse en común de ver la buena marcha de los asuntos del gobierno.
Cuando entramos el duque y yo había en el salón cuatro personas; paseábanse juntos de un ángulo a otro en la diagonal de la estancia Pedro Collado y don Francisco Eguía, teniente general, ministro de la Guerra, anciano casi decrépito, aunque no privado aún de cierta agilidad, y con una singular comezón de hablar y moverse, que era el rasgo distintivo de su espíritu, así como la coleta y corcovilla lo eran de su cuerpo. Formando grupo aparte, hablaban por lo bajo, sentados en un diván, don Pedro Ceballos, ministro de Estado, y don Baltasar Hidalgo de Cisneros, ministro de Marina.
Detuviéronse Eguía y Collado al vernos, y el primero, que no por ser de carácter inflexible y duro en los negocios públicos dejaba de mostrar llaneza en la conversación familiar, me dijo:
—¡Cuánto bueno por aquí! Me han dicho que va usted a la Caja de Amortización... Sea enhorabuena.
—Gracias, muchas gracias —repuse con modestia—. Bien saben todos que no lo he solicitado.
—Bien hayan los hombres de mérito —dijo Collado—. Ellos no necesitan de recomendaciones para subir como la espuma.
—Nos hemos propuesto darle su merecido a este tunante de Pipaón —declaró el duque con cortesanía—, y poco a poco lo vamos consiguiendo. Este va para ministro, señor don Francisco.
—Lo creo, lo creo —repuso el anciano alzando la abatida cabeza, y guiñando el ojo para mirarme—. Pero no le arriendo la ganancia... ¡Santo Dios, qué laberinto, qué torre de Babel es un ministerio!
—Lo creo, señor don Francisco —dije con oficiosidad—. Pero sin su poquito de abnegación, no se concibe al buen súbdito de Su Majestad.