A las dos del siguiente día estaba yo en Palacio. Enviome don Antonio Ugarte, recién llegado a Madrid, para que diestramente y con amañados pretextos observase lo que allí pasaba. Después de hablar con varios gentileshombres y mayordomos, llevome uno de estos al salón que precede a las regias estancias, y en el cual suele verse en días de audiencia gran marejada de pretendientes que entran o salen. Presentóseme allí el duque de Alagón, que, llevándome aparte, me señaló un anciano que en el mismo instante salía de la Cámara Real.
—¿Conoce usted a ese? —me dijo.
—Es don Alonso de Grijalva —contesté sin disimular mi disgusto—. ¡Maldito vejete! No puede dudarse que ha venido a implorar el perdón de su hijo.
—Y lo ha conseguido: yo puedo asegurarlo porque estaba presente durante la audiencia. ¿Creerá usted que el buen señor se ha echado a llorar delante del rey?
—¡Qué falta de cortesía!
—Su Majestad le ha recibido bien. Grijalva goza de muy buena opinión: es realista vehemente.
—Vamos, que se ha salido con la suya.
—De una manera absoluta. Por esta vez, amigo Pipaón... Además vino presentado por dos personas de la primera nobleza, y por el patriarca, y precedido por una carta del nuncio.
—¿De modo que se nos escapó Gasparito? —pregunté yo, tomándolo a broma.
—Sin remedio ninguno. Su Majestad se ha mostrado tan decidido, tan categórico... Al despedirse, le dijo: «Puedes marcharte tranquilo a tu casa, que mañana sin falta estará tu hijo en libertad, y se sobreseerá esa causa. Te lo prometo, te lo prometo, te lo prometo.» Lo repitió tres veces.