Concluida la ceremonia, pasó Su Majestad al camarín, donde ya se había dispuesto una lujosísima mesa, como destinada a boca y paladar de tal príncipe, y en la cual las viandas más apetitosas reclamaban la vista y olfato, recreando y extasiando el alma. No sé qué angelicales reposteros pusieron en ello sus manos; pero lo cierto es que la tal mesa parecía destinada a ser servida en los altos comedores del Paraíso, para regalo de las excelsas potestades. Aunque allí como en los claustros no tenían entrada sino las personas convidadas, damas de lo más granadito de Madrid, consejeros, generales, oficiales, marinos, presidentes y priostes de las cofradías, capellanes de Palacio, alguaciles y familiares de la Inquisición, canónigos de San Isidro y demás sujetos de viso, el gentío era grande, porque los trinitarios, deseosos de dar lucimiento a la fiesta, habían abierto mucho la mano en las invitaciones. No nos podíamos rebullir; todos querían ver los augustos semblantes de Su Majestad y Altezas. Los frailes no cabían en su pellejo de puro satisfechos, y trataban de atender a todo.

Su Majestad no hizo más que probar algunos platos; obsequió con dulces a las damas, dando muestras, allí como en todas partes, de su exquisita galantería, y se retiró a la sala capitular para despedirse de los bondadosos y humildes padres. Pugnaban los convidados por penetrar en la sala, llevados unos del deseo de saciar sus ojos en la contemplación del rostro de nuestro soberano, otros aguijoneados por el afán de presentarle memoriales. Gracias al padre Salmón, que se me apareció como emisario del cielo, pude penetrar en la sala, llevando conmigo a la señora condesa de Rumblar con su hija, y a las señoras de Porreño. Las cinco damas estuvieron a punto de quedarse fuera. Sensible sobre toda ponderación hubiera sido este accidente, porque la condesa iba a presentar al rey un memorial pidiendo una bandolera para su hijo, y doña María otro en pro de la tan deseada moratoria.

¡Oh, espectáculo sublime, y qué hermoso es ver a un rey atendiendo con paternal solicitud al socorro de sus hijos, recibiendo las peticiones de estos, y prometiendo satisfacerlas con generosidad, con esa generosidad regia que es un reflejo de la misericordia divina! Puesto Su Majestad en un estrado que a propósito se había construido, el prior Ximénez de Azofra le presentó un memorial solicitando no sé qué mercedes para dos sobrinos suyos y dos cuñaditos de su hermana; y después que el bendito trinitario cumplió los deberes domésticos, mirando por el bien de su venerable parentela, fue presentando al rey uno por uno a todos los demás postulantes, que ya habían convenido con él en los pormenores de esta ceremonia. Recogió Fernando las peticiones con tanta bondad, que era imposible contener las lágrimas viéndole. A todos prometía villas y castillos, dirigía algunas preguntitas, hacía el obsequio de una sonrisa, cuando no de palabras, y daba a besar su real mano con una llaneza que no desmentía la dignidad. ¡Oh, qué inefable delicia ser español y súbdito de tal monarca!

Cuando Ximénez de Azofra indicó a la señora de Rumblar que se acercase, y vio Su Majestad a la grave madre y al lindo retoño, se rio de una manera tan franca que todos nos quedamos pasmados; y al recibir el memorial fijó los negros ojos de fuego en Presentacioncita, la cual, turbada, azorada, trémula, vaciló, y hubiera caído en tierra si no la sostuviéramos. Púsose la niña más roja que una cereza. Dirigiole el paternal y bondadoso monarca la palabra, preguntándole si tenía padre, a lo cual doña María, hecha un mar de lágrimas, contestó que no.

Todos nos asombramos de la inmensa bondad del rey, que en aquella pregunta pareció como que quería constituirse en padre de todos los huérfanos del reino.

Cuando nos retirábamos, Presentacioncita estaba pálida como el mármol.

—¿Le vio usted bien? —me dijo en voz baja—. ¡Ay!, señor de Pipaón, estoy asombrada, aterrada.

No pude oírla más, porque sentí que entre el gentío me ponían una mano en la espalda.

Era el duque de Alagón que quería hablarme a solas... pues no podía pasar mucho tiempo sin que él y yo tratásemos algo importante para el bien del estado.

XVIII