—Mañana —repetí—. También yo he recibido invitación de los padres. ¿Conque van ustedes a la Trinidad?
—¿Puedes andar, Presentación? ¿Puedes andar, sí o no? —preguntó con afán indescriptible doña Paulita.
La niña se levantó resueltamente, y dio algunos pasos por la habitación con pie seguro.
XVII
¿Cómo había yo de faltar a la función de los trinitarios, si era hombre que a ninguno cedía en religiosidad, ni perdonaba medio de que se me tuviese por escrupuloso guardador de los preceptos y prácticas de la Iglesia? Además, poco antes había sido nombrado prioste de la archicofradía de Luz y Vela, y como tal me correspondía asistir a la función, y acudir al pórtico del templo, donde habíamos puesto el mostradorcito con varios objetos devotos y otros profanos, que al son de trompeta y tamboril se vendían o rifaban para atender a los gastos de la corporación.
Desde muy temprano estaba yo con mi cinta al cuello, espetado en el pórtico, en compañía de mis colegas el señor licenciado Moñino, de la Suprema Inquisición; don Felipe Rojo, racionero medio de Toledo, y el subcolector de espolios, don Vicente Barbajosa. El gentío era inmenso, y se agolpaba en las distintas puertas del edificio, estorbando el paso de los fieles, lo que perjudicaba mucho la venta.
En el atrio del convento estaba el zaguanete de la Guardia de la Real persona. No tardó en aparecer Su Majestad, desplegando en su persona y comitiva tanta pompa y aparato, que se sentía uno orgulloso de ser español, y llamarse vasallo de quien por tal modo y con tal grandeza representaba en la tierra la autoridad emanada de Dios. Daba gusto ver aquella fila de coches, tirados por sendos pares de caballos, a tres pares cada uno. Cada individuo de la familia real iba en el suyo, resultando una procesión que cogía medio Madrid, con la caterva de batidores, correos, lacayos, escoltas, carruajes de respeto, palafreneros, caballerizos y demás figuras admirables que recreaban la vista y el alma. ¡Qué profusión de uniformes, cuánto plumacho y galón, qué diferentes clases de sombreros, de uniformes, de caras, de arreos! Diríase que le transportaban a uno al oriente, o a las pomposas fiestas de la India. ¡Feliz nación la nuestra, que tal magnificencia podía ofrecer a los aburridos ojos de los súbditos, para que se alegraran y diesen gracias a la Divina Providencia por haber hecho de nuestros reyes los más rumbosos y magníficos de la tierra! Allí se veía la grandeza de nuestra nación, allí sus inmensos tesoros, allí su dignidad excelsa, allí la representación más admirable de su poderío. ¡Viva España!
Formaron los guardias (a quien entonces llamaba el vulgo chocolateros, no sé por qué), y el estrépito de tambores y clarines llenaba los aires. Tales sones, y el limpio sol que inundara aquel día las calles, daban a la regia comitiva esplendor y armonía celestes. Los gritos de ¡viva el rey absoluto! resonaban por doquiera. ¡Oh, feliz consorcio de la monarquía absoluta y la religión santísima! ¡Quiera el cielo que existas luengos siglos, y que ambas instituciones, hijas de Dios, vayan siempre de la mano y partiendo un piñón, para que los fieles cristianos, súbditos del encantador Fernando, vivamos pacíficamente en la tierra, libres de revoluciones impías y de locas mudanzas!
Salió la comunidad con palio a recibir al Monarca, y llevándole en procesión a un camarín riquísimo que le habían preparado en el claustro, rogáronle que se adornase el pecho con media docena de escapularios, y alguna reliquia milagrosa de huesecillos de santo, lo cual, como hombre piadosísimo y temeroso de Dios, hizo de buena gana. El infante don Carlos y don Antonio Pascual imitáronle, dirigiéndose después todos, cirio en mano, a la vecina iglesia, donde ocuparon sus asientos en medio del respeto y la admiración de los fieles.
Todavía me parece que le estoy mirando. No puedo olvidar su majestuosa figura arrodillada, con los ojos fijos en el Santísimo Sacramento en actitud tan edificante, que la misma impiedad se habría desarmado y convertido contemplándole. ¡Con cuánta devoción atendía a las sonoras preces, y con cuánta fe al sermón que predicó el padre Vargas, y en el cual no faltó aquello de llamarle Trajano y Constantino, y de elogiar sus sabios dictamentos para dirigir sabiamente la nave del estado! ¡Con cuánta unción y evangélica mansedumbre besó las reliquias que el padre Ximénez de Azofra le presentara, y dijo después las oraciones finales para implorar de Su Divina Majestad la gracia y el buen consejo! Todos los presentes estábamos conmovidos, y parecía que se nos comunicaba algo de la celestial hermosura de aquel varón insigne, ante cuya preciosa cabeza se postraba mudo y sumiso el pueblo escogido de Dios. ¡Oh, qué gusto ser español!