Presentación dio algunos pasos: cojeaba un poco, a causa de una leve torcedura en el pie derecho al caer; pero andaba. Volviose para dar las gracias al incógnito caballero; yo también quise decirle algo por pura fórmula, pero nos miramos unos a otros con sorpresa. El caballero, volviéndonos la espalda, desapareció por la puerta que había en el fondo.
—Gracias, muchas gracias, señores —dijo Presentación, dirigiéndose al duque.
—Por aquí —indicó este, que sin duda deseaba que nos marcháramos—. Yo acompañaré a ustedes hasta la calle de Toledo.
—Por aquí... a la calle... gracias, mil gracias, señor duque.
El prócer, mientras las dos mujeres salían, se me puso delante, y abriendo mucho los ojos, aplicó de nuevo el índice a los labios.
Salimos, y los minutos nos parecían siglos, porque Presentacioncita andaba muy despacio. Era ya tarde, por cuya razón a las contrariedades expuestas se unía la pavorosa contrariedad del sermón que nos esperaba, cuando nuestras pecadoras frentes se pusieran al alcance de los ojos de la señora condesa, y nuestros oídos al blanco de la grave voz de doña María de la Paz. Al pensar en esto, los tres no teníamos más que un deseo: que la tierra se abriese haciéndonos el favor de tragarnos.
Pero la Providencia, que nunca abandona a los débiles, nos sugirió ingeniosas trazas para salir del paso, y fue que discurrimos sacar del propio mal el remedio, achacando la tardanza a la misma torcedura del pie de Presentacioncita, la cual invención, llevada a feliz término por mi elocuencia ante las dos irritadas matronas, tuvo el éxito más completo que puede imaginarse.
—Es claro... ¡cómo habíamos de venir a tiempo!... Bajamos la escalera... Presentacioncita dio un paso en falso. Subimos otra vez... La marquesa no quería dejarla salir... Se buscó un simón: el simón no parecía... Se sacó la litera de mano: estaba rota... Discurre por aquí, discurre por allá... Yo estaba en ascuas y quise venir a avisar para que no se asustaran ustedes... En fin, demos gracias a Dios de que no se rompiera un pie.
—¿No puedes andar? —preguntó la condesa a su hija con desabrimiento—. Esta sí que es fiesta. Estamos convidadas para la función de mañana en la Trinidad.
—Con manifiesto y asistencia de Su Majestad —repitió doña María de la Paz—. Y es preciso ir sin remedio. Yo al menos no puedo faltar, porque el prior nos ha prometido que podremos hablar al rey y entregarle nuestros memoriales.