—Presentación, vuelve en ti. Eso no es nada... ¿A ver? ¿Te has hecho daño?...
—Vamos, beba usted un poco de agua —dijo el desconocido, acercando el vaso a los labios de la joven, que recobraban poco a poco su vivo carmín, así como las descoloridas mejillas.
Cuando la muchacha bebía, observé al generoso galán, que solícitamente sostenía con su mano izquierda la cabeza de la joven, mientras le daba de beber con la otra. Era un hombre admirablemente formado, de cuerpo estatuario y arrogante. Su edad no pasaría de los treinta y dos años, hallándose, según la apariencia, en aquella plenitud de la fuerza, del vigor y del desarrollo físico que marcan el apogeo de la vida. Vestía sencillo y elegante traje negro, y ancha capa, que habiéndosele caído en los primeros momentos del lance, fue recogida por el duque. Sus ojos eran negros, grandes y hermosos, llenos de fuego, de no sé qué intención terrible, flechadores y relampagueantes. Bajo sus cejas, semejantes a pequeñas alas de cuervo, centelleaba, deshecho en ascuas mil por las movibles pupilas, el fuego de todas las pasiones violentas. Su nariz era desaforadamente grande, corva y caída; una especie de voluptuosidad, una crápula de nariz. La carne superabundante había crecido, representando con fértil desarrollo su preponderancia en aquella naturaleza. El labio inferior, que avanzaba hacia afuera, parecía indicar no sé qué insaciabilidad mortificante. La personificación de la sed habría tenido una boca así. Una línea más de desarrollo, y aquel belfo hubiera tocado en la caricatura. Observándole bien, se veía en la tal fisonomía, peregrina mezcla de majestad y de innobleza, de hermosura y de ridiculez. Tenía de todo, y era difícil deslindar, en aquel rostro híbrido, las líneas pertenecientes a las grandes razas de las que pertenecían a la degeneración propia de todo lo humano. Por su mandíbula inferior se filiaba remotamente con Carlos V; mas por sus ojos truhanescos y las patillas cortas, se iba derecho a la majería. El cráneo era bien conformado; el pelo negro y corto, con mechoncillos vagabundos sobre la frente y sienes. En suma, el perfil de aquel hombre solía verse en las onzas de oro.
Presentacioncita, abriendo los ojos, demostró tal asombro al verse en aquel desconocido sitio y ante personas extrañas, que creímos se iba a desmayar de nuevo.
—Ánimo —le dijo el belfo—, ánimo, señora mía, eso no es nada.
—¡Ah!... ¿quién es usted? Gracias, caballero... ¿En dónde estoy? —balbució la damisela—. ¡Ah! Doña Salomé... señor de Pipaón... Están aquí... creí que me habían abandonado.
—Aquí estamos, sí, niña querida...
—Pero al instante nos vamos a marchar —afirmó con febril impaciencia la de Porreño—. Presentación, prueba a levantarte.
—Señora doña Presentacioncita —dijo el belfo sonriendo—, no hay prisa. Descanse usted un poco.
—Vámonos, vámonos —añadió doña Salomé—. Hija, haz un esfuerzo y levántate. ¿Puedes andar?