Detente, pluma... El otro alzaba del suelo a la pobre Presentacioncita, que al perder el equilibrio, y dar con su cuerpo en tierra, perdió también el conocimiento. Nos acercamos, y el duque me miró con fijeza y malicia, poniendo sobre los labios su dedo índice.

—¡Jesús... se ha desmayado! —balbució doña Salomé, examinando a su amiga que aún estaba en brazos del otro.

—Esto no será nada, señora... —exclamó el desconocido—. Señorita...

—El susto ha sido grande... —dije yo.

—Y gracias a que no se atrevieron a seguirnos. ¡Pobres señoras, si hubieran venido solas!

—¿A dónde llevamos esto? —preguntó el compañero del duque, dando algunos pasos con la desmayada en brazos, tan sin trabajo cual si fuese una pluma.

Pareció perplejo el duque, y como no acertara a indicar una resolución conveniente, el compañero dijo:

—Vamos allá. Adelántate y llama.

Hízolo así Alagón, y no habíamos andado veinte pasos siguiendo todos al generoso caballero, cuando se abrió una puerta, y Alagón primero, después su compañero con la niña en brazos, y detrás doña Salomé y yo, penetramos en una hermosa pieza iluminada por dos luces. Un hombre y una mujer encontrábanse allí, ambos en pie y tan respetuosos, que por lo callados y circunspectos parecían estatuas. Veíase en el fondo una puerta entreabierta, por la cual apareció el rostro de una mujer de tan acabada hermosura, que a pesar de lo apurado del lance, no pude menos de fijar en ella mis ojos. De la pared pendía una guitarra.

El compañero del duque dejó su preciosa carga en una silla. Callaban todos: el desconocido pidió un vaso de agua, mientras doña Salomé, observando que la madamita empezaba a dar señales de vida, hacía esfuerzos por reanimarla, diciéndole: