No se me oculta que mi deber en tan crítico momento era tirar de la espada o sacar las pistolas para esperar a pie firme a los ladrones y acabar con ellos, o morir antes que mis dos compañeras fueran atropelladas; pero yo no tenía espada, y ni remotamente me acordé de que llevaba una pistola en el cinto. Temblando como alma que llevan los demonios, recordé aquello de que una retirada a tiempo es una gran victoria, y apreté a correr hacia la calle. Las dos damas eran dos alas que me impulsaban con rapidez suma. ¡Ah!, cómo corrimos, cómo corrimos, gritando: «¡Favor, socorro, ladrones!»
Tras nosotros corría alguien. No le mirábamos. Sentimos carcajadas, blasfemias, un juramento horrible, qué sé yo... Corríamos siempre; las dos damas se separaron de mí, y se quedaron detrás. ¡Ay!, yo era el viento mismo.
Vi dos hombres que andaban en dirección contraria a la mía, y su presencia me dio aliento... ¡dos hombres que no eran, o al menos no parecían, ladrones ni asesinos!
—¡Socorro, favor! —repetí con ahogado aliento.
Detuviéronse ellos. Me pareció ver una cara conocida; pero en mi azoramiento no llegué a formar juicio alguno... Detúveme yo también. En el mismo momento sentí un ¡ay! agudísimo. Era Presentacioncita que había caído al suelo. Doña Salomé se había parado en el mismo sitio. Retrocedí, porque la presencia de los dos desconocidos me infundió algún valor, y porque mirando hacia atrás observé que nuestros perseguidores se habían quedado muy lejos.
Uno de los dos desconocidos se adelantó corriendo a levantar del suelo a Presentacioncita, mientras el otro soltó la risa diciendo:
—¡Si es Pipaón!
—¡Ah! ¿Es usted, señor duque? Hemos sido atacados por unos tunantes... Vamos a ver si se ha hecho daño esa niña.
El hombre que estaba junto a mí era el duque de Alagón; el otro...