Por fin, Dios quiso que los alguaciles encontraran al prófugo y lo sacasen fuera y se lo llevasen con dos mil demonios. Iba desocupándose el patio, se extinguían las voces poco a poco, y al fin, ¡San Antonio bendito!, el endiablado portero nos sacó de nuestro calabozo.
—¡Vámonos a la calle pronto! —exclamó doña Salomé, ardiendo en impaciencia.
—¡A la calle, a la calle! ¿Por dónde se sale, buen hombre? —dije, sosteniendo a Presentacioncita, que por su mucha aflicción apenas podía con su lindo cuerpo.
—Si no quieren ustedes salir por la calle del Bastero, donde hay muchos tunantes y borrachos —repuso el portero—, por este pasillo que hay a la derecha saldrán a la casa inmediata y a la calle de Mira el Río.
Yo temblaba de susto: por todas partes, en todos los rincones veía ladrones y asesinos alzando horrorosos puñales sobre mi pecho. El viejecillo nos llevó del patio grande a otro más pequeño, y de este a un largo y húmedo zaguán, en cuyo extremo se veía la claridad de la calle. Cuando le di la propina me pareció sentir ruido de pasos detrás de nosotros; pero aunque atentamente miré, nada vi.
—Por aquí, derechos a la calle —dijo nuestro amparador, retirándose repentinamente.
Dejonos solos, y a la verdad fue como si nos dejara de su santa mano el ángel de nuestra guarda; porque no habíamos dado cuatro pasos hacia la claridad que al extremo del zaguán se veía, cuando una voz bronca y temerosa, que en su clueco graznido indicaba ser producto del hombre y del aguardiente, resonó como un trueno en aquellos ámbitos oscuros, diciendo:
—¡Alto allá... alto!, señoritos zampatortas, ¡alto, alto!...
El reventar de un cráter no me hubiera causado más espanto. Quedeme frío, y sobre frío, absorto y petrificado, cual si en estatua de hielo me convirtiese. Y al mismo tiempo se sentían unos pasos, unos saltos como de gigante borracho que venía dando traspiés por la cercana escalera.
Lanzaron agudísimos gritos las damas, colgándose de mis brazos para que yo las amparase; pero más que nadie necesitaba yo amparo y protección, porque me quedé sin habla, sin fuerzas para correr, sin ojos para mirar, ni orejas más que para oír la voz, ¿qué digo?, las voces de los que se acercaban, pues quitando lo que multiplicase mi espantada imaginación, bien podía asegurarse que eran media docena.