—¡Yo quiero subir, yo quiero hablar a la policía! —exclamó, alzando la voz con desesperación—. Ustedes no tienen alma... yo estoy loca. ¡Socorro!

Maldita la gracia que me hacía aquella situación, que empezó a ser apuradísima desde que la dolorida muchacha puso el grito en el cielo, atenta solo a su amorosa aflicción, y sin hacer caso de lo demás. No sé en qué hubiera parado trance tan amargo, si el agudísimo y tunante portero, conociendo al vuelo el apuro en que yo estaba, no viniera en nuestro auxilio, cuando ya la gente de la vecindad nos rodeaba, nos observaba, señalándonos como a tres entes extrañísimos en aquel sitio.

—Vengan usías por aquí —dijo el vejete, llevándonos al fondo del patio—. Pues no se puede salir, entren en mi cuarto, y aguarden a que pase esta batahola.

Mucho trabajo costó llevar a Presentacioncita al oscuro albergue del señor portero; mas a fuerza de ruegos y prometiéndole yo que al día siguiente haría poner al preso en libertad, se aplacó un tanto. El portero, luego que nos puso en seguridad dentro de su aposento, nos dijo:

—Aquí no les molestará nadie. Cerraré la puerta. Cuando la policía se lleve al barbilindo, y se despeje el patio, y se tranquilice la vecindad, saldrán ustedes. Esto no es un palacio; pero aquí estarán las señoras como en su casa... Pueden sentarse... hay silla y media... Mi cama es blanda, y sobre este trombón (porque soy músico)... sobre este trombón, digo, puede sentarse el caballero.

—Gracias, gracias.

El miserable hablaba con diabólica truhanería. Después de ponderar las comodidades de su alojamiento, salió, y cerrando por fuera la puerta, nos dejó dentro de aquel sepulcro.

XV

Situación era aquella más crítica que la primera. Encerrados allí, nos vimos a merced de un tunante, que, a juzgar por su facha y lenguaje, no debía de ser modelo de virtudes porteriles. Los tres sentíamos gran congoja, y ya nos creíamos cercados de ladrones y asesinos, aumentándose nuestro pavor con el cercano rugido del pueblo que llenaba el patio y corredores. Presentacioncita era la menos afectada de nuestra desdicha, porque tenía alma, corazón y sentidos fijos en los pasos de la policía, y en el subir y bajar de la inquieta gente.

Transcurrió bastante tiempo sin que cesase nuestro apuro. Yo me desesperaba, y maldecía el instante en que neciamente consentí en la descabellada expedición; doña Salomé rezaba para que algún santo del cielo viniese en amparo nuestro, y Presentacioncita gemía sin hallar en nada consuelo. Lo peor de todo era que iba siendo ya muy tarde; había pasado la hora de la novena del Santo Ángel; habían dado las ocho, las nueve, iban a dar las diez... ¡horrible trance! darían también las once, las doce sin poder salir de allí.