—Subamos.
—Bajemos.
—Busquemos otra salida. Si nos ven...
—Señoras, no somos criminales —dije procurando sosegarlas—. Si la policía nos ve, nos verá. ¿Qué importa?
Diciéndolo, vi que entraban hasta media docena de alguaciles, asistidos de otros tantos soldados, y tras ellos una multitud de personas del bajo pueblo, todos los que a la sazón bullían en la taberna, muchas mujeres de la vecindad, y el contingente completo de la chiquillería de la calle. Vociferaban, gruñían, chillaban y reían en bestial coro.
Una aprehensión en aquellos tiempos no era gran novedad; pero por viejo y gastado que el asunto fuese, siempre tenía irresistibles encantos para el pueblo, muy soliviantado entonces, y enfurecido contra todo lo que a liberal o afrancesado transcendiera.
—¡Le van a matar! —murmuró entre sollozos Presentación, llorando sin consuelo.
—Veamos si podemos escabullimos —dije yo.
—No... no —gritó la afligida señorita—. Veamos si le podemos salvar. Pipaón, diga usted que es un consejero de Castilla, un ministro; que es amigo de los señores obispos, del nuncio, del rey.
—Chitón... no se gastan bromas con esta gente.