—Ábranos usted la puerta —dije resueltamente al Cancerbero, sacando una moneda, con la cual pensaba ponerle de parte nuestra si ocurría cualquier accidente desgraciado.

Diciendo y haciendo, di algunos pasos hacia la puerta, cuando en esta sonaron fuertes y repetidos golpes, acompañados de gran gritería y algazara de fuera, a la que respondió al punto otra no menos discorde en los corredores.

—¿Qué es esto, portero?

—Nada, señor —respondió con socarronería—: es la policía que viene en busca de un señoritico lameplatos, mamón y liberal, que se nos refugió aquí esta mañana. Yo di parte...

—¡Él! ¡Dios mío! ¿Dónde está? —gritó Presentación con angustia.

—Se descubrió que se había escapado de la cárcel, donde estaba por injurias a nuestro querido rey —añadió el portero, corriendo a abrir.

—Escondámonos... salgamos de aquí —dijo doña Salomé, agarrándome el brazo y tirando de mí.

—¿Pero por dónde? Vamos a tropezar con la policía.

—Escondámonos.

—Adelante.