En el piso bajo había una taberna, lo que me pareció de malísimo augurio, y las voces y juramentos que de ella como de un antro infernal brotaban, ponían miedo en el más esforzado corazón. Pero no hubo más remedio: llamé, y hecha mi pregunta salió un portero rufián, el cual con muchísima sandunga nos dijo que entrásemos, y que si no el doncel buscado (de quien no podía asegurar estuviese en la casa), había otros muchos que recibirían bien a las madamas.
A regañadientes entré yo, empujado más que conducido por la amante doncella, y bien pronto nos hallamos en un patio de esos que sirven de centro a una casa de Tócame-Roque.
—¿En dónde nos hemos metido? —preguntó con zozobra doña Salomé.
—Eso digo yo. ¿En dónde nos hemos metido?
—¿Conque por quién preguntan ustedes? —dijo el vejete portero con una sonrisa truhanesca que me heló la sangre en las venas—. ¿Por el oficialito, por el abate, por...?
—Por ninguno de esos, camarada —repuse—, porque ahora mismo nos volvemos a la calle.
—No hagamos caso de este buen hombre —dijo con afán la muchacha—. Subamos, e iremos preguntando de puerta en puerta.
—¡Está usted loca! ¿Sabe usted qué clase de gente es la que vive en estas casas?
—Gente muy honrada y cabal —afirmó el portero—. Una señora que fue doncella de Su Alteza la infanta doña María Josefa... un autor de diccionarios, siete poetas, dos grabadores de retratos, un torero, uno que fue magistrado del Crimen...
Oíase rumor de disputas en los pisos altos de aquella colmena, el cual convidaba a salir cuanto antes en busca del silencio de la calle. Cerrábanse y se abrían con estrépito las puertas, dando paso a la claridad de las luces y al rumor de las voces, y un enjambre de chicuelos corría por los pasillos jugando a la caballería ligera y pesada. Dos traperos amontonaban no sé qué inmundos despojos en medio del patio, y tres mujeres se ponían como ropa de pascuas por la precedencia en sacar agua del pozo.