—¿No es por aquí?
—Aquí —dijo Presentación, señalando la inmediata, y acompañando su ademán de amoroso suspiro—. Creo que es núm. 4...
—El 4 es. ¿Llamamos?
Llamé a la puerta, no sin cierta zozobra de que algún bárbaro malsín apareciera y me solfease de lo lindo. Según habíamos convenido, pregunté a la mujer que franqueó la puerta si vivía en aquellos aposentos un joven llamado don Federico, el cual había venido poco ha de Toledo. Díjonos la mujer con muy malos modos que el joven se había marchado de aquella honrada casa para ir a otra de la calle del Bastero, núm. 6, donde de seguro le encontraríamos, porque andaba muy tapujado y no salía a la calle.
Fuimos a la del Bastero, y en su núm. 6 nos detuvimos para decidir qué resolución se tomaría, porque no era prudente arriesgarse en aventuras por tales sitios. Yo estaba ya arrepentido de haber metido mis manos en aquel fregado, mayormente cuando oí rumor de pendencias en la inmediata calle del Carnero.
—¿Qué hacemos? —pregunté a la decidida Presentación.
—Llamar.
Doña Salomé, que participaba de mis temores, dijo:
—Es demasiado tarde y esto está muy lejos. Me arrepiento de haber venido aquí. Opino que debemos retirarnos.
—Llame usted, Pipaón, y pregunte —ordenó la joven.