Y para no cansar, aquí me tienen ustedes embozado en mi pañosa, con el sombrero hasta las cejas (si bien la oscuridad de la noche y el macilento alumbrado de la villa ahorraban precauciones), llevando una madama pendiente de cada brazo, como en los buenos tiempos de cuchilladas y amoríos, pasando de calle a callejón y de callejón a plazuela, ora de prisa para huir de un grupo de curiosos, ora despacito para recrearnos con el majo cantar que por las rejas de una casa humilde salía, a veces callados los tres, a ratos hablando y riendo, regocijadas ellas de la libertad que gozaban, mientras las severas matronas nos suponían carcomidos de devoción en la novena del bendito Arcángel.
A mí me gustaba también el paseo, porque eso de llevar dos damas, una a cada costado, en la oscuridad de la noche y en un pueblo como Madrid, donde se abren tantas puertas al aventurero amor y a los locos deseos, no es cosa de despreciar. Yo oprimía con suave delectación el brazo de la de Rumblar, dejando el de la otra en libertad de que juntara o no su flaqueza con la del mío.
—¿Pero llegamos o no? —pregunté a la muchacha.
—Ya pronto. ¿Es esta la calle del Águila?
—La del Águila es.
—Bueno... ahora a la del Rosario.
—Pues a la del Rosario. Supongo que no será para rezarlo. Parece mentira que en una casa que lleva ese nombre tan devoto se esconda un reo de lesa majestad.
Presentacioncita me clavó sus dedos en el brazo con tanta fuerza, que lancé un grito.
—Por infame y deslenguado —dijo ella.
Al entrar en la mencionada calle, doña Salomé preguntó, señalando una casa: