—¡Esta noche!... ¡solitos!... mejor dicho, con doña Salomé, que irá conmigo, porque también quiere dar ella algún auxilio al pobre muchacho.
La ilustre y ya marchita dama, que hasta entonces no había desplegado sus labios, me miró con cierto vislumbrillo de enojo, y dijo:
—Si el señor don Juan no gusta de ir con nosotras, no faltará un galán cortés y fino que nos acompañe.
—¿Acaso he dicho yo algo, señoras? —repuse con humildad, considerando que la expedición era muy conveniente para mí por todos conceptos—. Vamos a donde ustedes quieran, aunque sea al fin del mundo.
—No es tan lejos —indicó Presentación—, aunque por ahora no se le revelará a usted la calle ni la casa.
—Yendo conmigo, la condesa dejará salir a Presentación. Salimos al oscurecer —dijo doña Salomé, revelando en su rostro de tafetán el deleite que aquellos livianos pensamientos de escapatoria le causaban—. Decimos que vamos a la novena del Ángel de la Guarda, y que a la vuelta subimos un ratito a casa de la marquesa, que ha dado a luz dos niñas de un parto.
—Y luego que veamos al pobre Gasparito, y le consolemos y le demos algún socorro —añadió la muchacha—, le sacaremos de allí; y como no hay lugar más seguro que la vivienda de un cortesano del despotismo, don Juan se le llevará a su casa.
—¡A mi casa! ¡Llevar a mi casa a un prófugo, a un reo de lesa majestad!...
—Vamos, amigo —dijo la niña con donaire, plantándome su divina manecita en el hombro—, no nos venga usted aquí con palabrotas. Aquí no hay delito ni majestades. Si usted no le lleva a su casa, si usted no le esconde, reñiremos para siempre. No me mire usted, no me hable, no se ponga donde yo le vea.
Como prometer no era cumplir, ni la aquiescencia verbal equivalía a positivas concesiones de mi parte, prometí cuanto me pidieron, y convine en todo lo que tuvieron a bien proponerme, con reserva de hacer después lo que me pareciera más conforme a la justicia, al bien del estado, y a mi propio sagrado interés.