—Sea lo que quiera —dijo la niña en tono de mujer seria—, es preciso sacarle de la terrible situación en que está.

—¡Sacarle! y ¿cómo?

—Yo tenía un proyecto —indicó sonriendo con toda su gracia exquisita—, un proyectillo... y contaba con usted, sí señor, con usted, para que me ayudara.

—¡Conmigo!

—Con el hombre generoso y bueno, con el corazón de oro, con la inteligencia sublime, con la voluntad firme, con Pipaón en fin.

—Eso es: Pipaón sirve para los apuros, para los peligros; pero en tiempo de bonanza, Pipaón es un pobre hombre que no sirve sino para burlas.

—Si vamos ahora a disputar sobre esto, no tendremos tiempo de ocuparnos de lo otro —dijo con impaciencia.

—Veamos lo otro: siempre será otra... bromita.

—Pipaón —añadió con voz meliflua, y poniendo en sus ojos un abreviado paraíso de dulzura, de hechizo y seducción—. Yo tengo un proyecto, en el cual me ha de ayudar usted... Yo quiero ir esta noche a llevar algún socorro a Gaspar, y cuento con que me acompañe, con que me lleve usted.

—¡Esta noche!... ¡Los dos! —exclamé absorto, sin saber si negarme o aceptar.