—Más vale así. Se ahorra usted el trabajo...

—No, no señora —dije procurando dominarme—. No; yo quería que fuese puesto en libertad en toda regla, después de un sobreséase como un templo. De este modo estaría más seguro, y podría vivir tranquilamente donde mejor le conviniera, mientras que habiéndose fugado de la cárcel, le perseguirán, le cogerán de nuevo, y entonces sí que será ahorcado.

—¡Ahorcado! —gritó con ira—. ¡Ay! Me asusto. Yo estaba contenta y usted ha venido a afligirme otra vez.

—¿Sabe usted dónde está?

—Lo sé, sí señor. De eso iba a tratar cuando usted me ha puesto en ascuas.

—¿Dónde, dónde?

—Despacio. No está en casa de su padre, al cual ha desagradado con su escapatoria, por el temor de que se le persiga más.

—Es claro.

—Gasparito se ha refugiado en una casa humilde, muy humilde, desde la cual me ha escrito, contándome todo. ¡Ay!, qué dolor tan grande —añadió dando un suspiro—. Está muerto de hambre y lleno de inquietudes, por miedo a que le denuncien los amos de la casa.

—Y harán perfectamente. Bien merecido le estará a ese jovenzuelo imprudente su última calaverada, y el no aguardar, quietecito en la cárcel, a que yo le salvara.