Esta explicación y los pomposos encarecimientos de mi poderío, fueron causa de que las tres damas me obsequiaran con inusitado esplendor, brindándome dulces de los mejores y vino de las tierras de Porreño. Gustome el licor, y tomando pie de él y de su aromática finura, conferenciamos acerca de aquellas tierras, yo pidiéndoles informes, y dándomelos las señoras con tanta ufanía como verbosidad.

A este punto entró la señora condesa de Rumblar con su linda hija, y retirándose adentro después las señoras mayores y doña Paulita, que iba a la tarea de sus devociones, nos quedamos solos Presentacioncita, doña Salomé y yo.

—¿No repara usted que estoy muy alegre, Pipaón? —dijo la graciosa muchacha.

—Sí, señora, lo había notado —respondí dando el último adiós al vino y dulces con que acababan de obsequiarme—. Eso prueba que el tiempo es la gran medicina de las enfermedades del corazón y del espíritu. Dígolo porque hace ya algunos días que mi señor don Gasparito está a la sombra (sin que hayan valido mis generosos esfuerzos por sacarle), y el sustillo ha ido pasando, y con el sustillo la congojilla, y con la congojilla ansiosa las lágrimas dulces... ¡Oh! ¡Dichoso el prisionero cuyas rejas son regadas por el divino licor de esos ojos!

—Don Juan, don Juan... que se pone usted feo diciendo esas cosas... ¡Si no lloro, si no estoy triste, si no hay ya nada de congojas ni suspirillos! —manifestó con tan franco y seductor arranque de alegría, que me desconcerté completamente.

—¿Pues qué, señora doña Presentacioncita?...

—¡Si se ha escapado!

—¡Se ha escapado! —exclamé con súbita ira, dando un salto en la silla—. ¡Se ha escapado ese tunante! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Qué carceleros, santo Dios, qué carceleros!... ¡Luego quieren que haya justicia en España!

—¿Pero lo siente usted?

—¡Escaparse! Después de haber hablado en público de las cartas de Su Majestad a Napoleón...