—Eso es más fácil. Un preso más, un viajero más a tomar los aires de Ceuta.
—No, es que no quiero enviarle tan lejos. ¿A qué esa crueldad? Tengámosle en la cárcel de la Corona hasta que madure.
—¿Hasta que el joven madure?... Bien: por mi parte haré lo que pueda.
—Señor duque, las promesas vagas de Vuecencia son para mí concesiones, y sus esperanzas realidades. Cuento con Vuecencia. Adiós.
—Adiós, Pipaón; que no deje usted de venir una de estas noches... Agrada usted, agrada usted mucho... Se celebran sus chascarrillos, y su gracejo para contar las cosas.
—Vendré, vendré. Hasta luego, señor duque.
—Abur.
XIV
Dirigime a casa de las señoras de Porreño, y hallé a doña María de la Paz muy gozosa por el buen giro y excelente aspecto que iba tomando su asunto. Acababa de salir de la casa el señor de Artieda, quien dio tales esperanzas y presentó la cuestión en tan buen pie para marchar a un feliz éxito, que ya se consideraba ganada la partida. Artieda y dos o tres señores de la clerecía, con el gobernador del Consejo, habían tomado a su cargo el negocio, siendo evidente que con tales pilotos (frase de doña María) el barco de la moratoria, combatido por los aquilones de la envidia, no podía menos de llegar a puerto seguro.
Yo dije a la señora que acababa de hablar en pro de su pretensión a varias personas de mucha raíz en la corte, lo cual me agradeció mucho. Añadí que estuviera tranquila, pues yo tomaba el negocio como mío, y no pararía hasta conseguirlo; empresa no difícil para un hombre que, a más de tener tantas relaciones, escupía en corro con los señores del Consejo. Después hícele una explicación detallada de lo que eran las moratorias, enumerando las cuatro clases de ellas, a saber: cesión de bienes, pleito u ocurrencia, espera o moratoria y quita de acreedores, asentando que la que nos ocupaba pertenecía a la tercera categoría, por ser concesión graciosa del príncipe. Y aunque el Consejo —añadí con minuciosidad curialesca— rinda tributo a la majestad de las leyes, dictando el auto de traslado al acreedor, y luego el de pase a justicia, todo será cuestión de fórmula, resultando al cabo que el señor de Grijalva no tendrá más remedio que conformarse, y tragar el auto final de no se moleste a la parte por tantos o cuantos años.