—Solicitada por la hermana del difunto marqués de Porreño. ¿Desea usted que se conceda?
—Al contrario: deseo, mejor dicho, tengo mucho interés en que no se conceda.
—Ese asunto lo trae en su cartera Artieda, guardarropa de Su Majestad. Es muchacho hipócrita, pedigüeño, y que, como tal, sabe sacar mendrugo. Es muy posible, muy posible, señor de Pipaón, que obtenga la moratoria. En fin, yo veré...
—Haga Vuecencia lo que pueda, que yo por mi parte, si voy estas noches a la tertulia, veré cómo me las compongo con el señor Artieda.
—¿Y el otro favor?
—Es relativo al hijo de don Alonso de Grijalva.
—Ya... es usted su amigo. ¡Hombre generoso! ¿Quiere usted que se deje en paz al muchacho y se le ponga en libertad?
—Al contrario: deseo que siga en la prisión.
—¡Hola, hola!... Por lo visto usted protege el bolsillo de Grijalva, pero no apadrina las calaveradas de Gasparito... Buen propósito; me parece un excelente sistema. Aquí vislumbro todo un plan de moralidad.
—Me desvivo por arreglar a una familia perturbada. ¿Me ayudará Vuecencia en mi noble tarea?