—Ni mía —repitió maquinalmente Collado.

—A falta de pagas —añadió Eguía con juvenil complacencia—, preparo una disposición, en virtud de la cual cada año de campaña se cuenta como dos de servicio, lo cual tiene la ventaja de que muchos militares noveles y que ahora empiezan su carrera, puedan retirarse a sus casas con una pingüe cesantía... Vamos, no se quejarán.

—Sobre eso écheles usted las cruces recientemente creadas.

—Justamente —dijo don Francisco—. Miren ustedes: no paré hasta no conseguir el establecimiento de la Cruz de Lealtad de Valencey, con la cual se ha premiado a los que acompañaron a Su Majestad, mientras aquí ardía la más feroz de las guerras... En fin, en mi ministerio se ha trabajado. Solo siento que mis años y achaques no me permitan desplegar mayor actividad, y me alegraré de tener un sucesor que no levante mano hasta poner a nuestro ejército en el pie de magnificencia que le corresponde.

A este punto llegaba, cuando se acercaron a nosotros el ministro de Marina y don Pedro Ceballos.

—¿Quién va al cuarto del infante don Antonio? —preguntó don Baltasar Hidalgo de Cisneros, disponiéndose a salir.

—Corra usted, corra usted... —repuso el duque con sandunga—. Su Alteza está muy impaciente por saber el estado de la mar.

—Barcos no tenemos —indicó maliciosamente Ceballos—; pero almirante...

—El Almirantazgo ha quedado constituido al fin —dijo Cisneros—, gracias a mis esfuerzos. Por algo se empieza. Hay que tener paciencia.

—Es claro: los barcos se harán después —apunté yo.