—Gracias a Dios —indicó Cisneros—, ya tenemos Almirantazgo. Precisamente acaba este de tomar una determinación importante.
—¿Cuál?
—Ceder al infante los derechos que la corporación percibe. Es una bonita renta.
—Lo que dice Pipaón —manifestó Ceballos—. Tiempo hay de hacer los barcos. La cosa no urge.
Cisneros no habló más, y se retiró. Era un viejo caduco y tristón que no infundía ya sentimientos de afecto ni de antipatía. Había estado en el combate de Trafalgar, mandando en la Trinidad, como mayor general de Uriarte. En 1810, hallándose de virrey en Buenos Aires, fue débil, tan débil que permitió a los rebeldes formar una junta de gobierno, con tal que le diesen un puesto en ella. Pero los insurgentes americanos, después que se apoderaron del gobierno y de las fuerzas navales, despidieron ignominiosamente al virrey. Vuelto a España, no encontró un patíbulo, sino la capitanía general del departamento de Cádiz, que era un buen momio, y después el ministerio de Marina. Cisneros tenía pocos amigos. Apenas le traté, porque su lúgubre tristeza me aburría en extremo.
—Si Cisneros y yo seguimos en Marina y Guerra —afirmó Eguía con petulancia—, hemos de poner a marineros y soldados, como antes dije, en el pie de magnificencia que les corresponde.
—Mientras no se encargue de calzar ese pie de magnificencia el señor duque que está presente... —dijo Ceballos mirando con maliciosa intención a Paquito Córdoba—; mientras todo el ejército de mar y tierra no vista y coma al compás de los rollizos galanes de la Guardia, no haremos nada. El señor duque puede comunicar al señor ministro de la Guerra su receta para engordar soldados.
Con estas frases malignas, zahería el astuto ministro de Estado al señor duque de Alagón. Hacía tiempo que no se miraban con buenos ojos.
—La Guardia de la Real persona —dijo Paquito Córdoba— come lo que Su Majestad se digna darle. En ella no hay un solo individuo que haya metido su mano en la olla del rey José, ni en el puchero de las Cortes de Cádiz.
Esta saeta era muy punzante para Ceballos, que desde 1808 se había sentado a todas las mesas. No contestó el ladino cortesano a la insinuación del duque y varió de conversación. Era Ceballos hombre instruidísimo en diplomacia máxima y mínima; muy conocedor de las grandes vías, así como de los callejones de la política. Reservándome para más adelante el trazar su historia, diré aquí tan solo que era el más instruido de los presentes, sumamente listo, de semblante simpático y modales muy finos, como de quien había cursado en diferentes cortes europeas, distinguiéndose además por su aparente dignidad y cordura al tratar las cuestiones de estado. Detestaba cordialmente la camarilla, a la cual llamaba vil chusma, aunque nunca se atrevió a combatirla abiertamente, ni tampoco renunció a su apoyo cuando lo necesitaba. Más que odio inspirábale envidia, porque podía más que él. En cuanto a mi persona, en aquella sazón Ceballos me consideraba mucho, por el afán de congraciarse con Ugarte, a quien envidiaba y temía. Así es que no bien disparole el duque la alusioncilla picante de su afrancesamiento, entabló coloquio conmigo, mientras los demás charlaban de otro negocio.