—¿Conque va usted a la Caja de Amortización? —me dijo.
—Por mi parte nada sé —repuse con modestia—. Algunos me lo han indicado; pero puedo asegurar que no lo solicité, ni hasta ahora me lo han propuesto.
—Dígolo, señor de Pipaón —añadió disimulando con una sonrisita forzada y modales respetuosos el desprecio que aquel fatuo sentía hacia mí—; dígolo porque me parece una de las mercedes más justas que se han dado en estos tiempos... Vamos a ver, ¿por qué no se viene usted con nosotros?
—¿Al ministerio de Estado?
—Justo. Hombre, se lo he de decir a Ugarte, a mi querido amigo el señor don Antonio... Allí necesitamos hombres de actividad, hombres de ingenio despierto...
—Gracias, señor don Pedro. Yo no sirvo para la diplomacia.
Firme en mi propósito de no desperdiciar ripio para ganar la estimación de cuantos hombres figuraban, hubiesen figurado o estuviesen en vías de figurar por aquellos días, dije al don Pedro:
—En el ministerio de Estado no pueden servir hombres legos y sin ninguna ciencia diplomática. Desgraciadamente en España tenemos tan pocas personas idóneas para este ramo...
—Es verdad.
—Tan pocas, que se pueden contar —repetí—; y si nos concretamos al desempeño de la primer secretaría, no sé, no sé que haya más de uno... No lo digo porque me esté usted oyendo. Cuantas veces he hablado de esto con mis amigos les he dicho: «Cítenme ustedes un hombre, uno solo que pueda reemplazar a don Pedro Ceballos, si por desgracia dejara la cartera de Estado.»