—¡Oh! Es usted muy benévolo, Pipaón —me dijo, no muy sensible a mis lisonjas.
—Es la verdad —proseguí con calor—. Yo me asombro de la delicadeza y dificultad de los negocios diplomáticos en que hay que tratar con naciones extrañas, y procurar engañarlas a todas si es posible... Cualquier ministerio puede desempeñarse fácilmente; pero el de usted... Bien lo conoce Su Majestad, que, al tolerar en las demás secretarías a personajes tan nulos como don Francisco Eguía —bajé la voz, aunque estaba lejos—, pone en las de Estado al único hombre de talento y saber que frecuenta estas salas...
—¡Qué lisonjero!
—¡La verdad! Vamos a ver. ¿No da risa ver al frente del ramo de Guerra a ese grotesco señor de la coleta, que poco ha ponderaba las ridículas ordenanzas que ha dado al ejército?
Don Pedro Ceballos no pudo contener la risa.
—Calle usted, calle usted —me dijo, haciendo alarde de prudencia y compañerismo.
Luego, bajando la voz y tomándome el brazo para alejarnos más de los demás palaciegos, añadió:
—Sea usted franco. Esa vil chusma, con la cual usted anda a brazo partido, ¿ha dicho hoy algo de la caída de Villamil?
—No ha dicho una sola palabra, señor don Pedro: ellos no se franquean conmigo —respondí—. Saben que les desprecio altamente...
—Se murmura que Villamil no durará dos días. ¡Qué desventurado reino! Aquí no hay nada seguro; vivimos a merced de esa gentuza...