—Si yo no sé cómo Su Majestad tolera que ese vil criado, ese libertino duque...

—Más bajo...

—Y no dudo que lo consigan —añadí con magistral oficiosidad—. Será lástima que un ministro tan probo, tan entendido, tan decente como el señor don Juan Pérez...

—¡Oh! Yo pienso hablar al rey hoy mismo con energía —afirmó aquel hombre que no había sido nunca enérgico más que para pasarse de un partido a otro—. Esta detestable servidumbre, autora de la bárbara política que se hace hoy, así como de las crueldades de los comisarios enviados a provincias por privada disposición del rey, sin contar con nosotros; esa vil servidumbre, esa desastrosa política, repito...

No dijo más porque se acercó a nosotros un nuevo personaje. Era el obispo de Almería, inquisidor general.

—Bien venido sea el señor obispo —dijo don Pedro ceremoniosamente.

—Felices, hijo mío —repuso el prelado sonriendo—; ¿esa salud cómo va? ¿Pero no anda por aquí el señor Collado?... ¡Señor Collado!

Y dirigió sus miradas a un lado y otro sin dejar la sonrisita.

El lacayo acudió presuroso mientras los presentes besábamos el anillo a Su Ilustrísima. Tenía el de Almería un semblante de angelical bondad, que al punto le ganaba las simpatías de cuantos tenían la inefable dicha de tratarle. Hombre menudillo y achacoso, no dejaba por eso de ofrecer un aspecto patriarcal. Viéndole, se sentía uno inclinado a las buenas acciones, a la mansedumbre evangélica, a la exaltación mística y a la piedad. No salía de su boca palabra alguna que no fuese la misma devoción y un compendio del Evangelio.

—No he querido retirarme sin hablar con usted —dijo a Chamorro—. Vengo de ver a Su Majestad, y le he recomendado el asunto de las señoras de Porreño. Se presenta muy favorable; pero es preciso que me lo apoye usted, pero que me lo apoye en forma, ¿estamos?