—Descuide Su Ilustrísima —repuso el exaguador—. Se atenderá con mucho gusto.

—También el señor Artieda lo toma con gran calor —prosiguió el príncipe de la Iglesia con benévola sonrisa—; pero no me fío de Artieda, que es un poco falso. Usted es más formal, señor Collado... ¡Ay, como usted me descuide este asunto...! Son infinitas las personas de viso que se interesan por esas pobres señoras. Aquí precisamente tenemos una.

El obispo me señaló. Inclineme respetuosamente.

—En efecto —dije—. Conozco mucho a esas señoras y ya he dado algunos pasos... Es indudable que alcanzarán lo que solicitan... O hemos de poder poco, Ilustrísimo Señor, o lo conseguiremos.

—Es preciso hacer algo por los desgraciados —afirmó el inquisidor dando un suspiro y poniendo los ojos en blanco—. Esto es más que un favor, señor Collado; es una obra de caridad... No me descuide tampoco aquel asuntillo de mis primas, ¿eh?

—Puede Su Ilustrísima ir sin cuidado —replicó el exaguador—. Todo se hará.

—Si no se tratara de obras de caridad, no molestaría... —dijo el prelado en tono de protesta—. Pero, ¡ay!, amados hijos míos, no se ven más que lástimas y miserias... Yo quisiera atender a todo; pero soy un pobre pastor viejo que apenas puede ya con el cayado... Conque, ¿quedamos en ello? —añadió con apresuramiento y afán de marcharse, porque había llegado la hora de la comida—. No necesitaré dar a usted nota escrita, ¿verdad?

—Tengo buena memoria —repuso el aguador, besando de nuevo el anillo al noble prelado—. Téngala Usía Ilustrísima también para mí en sus oraciones.

Nos disponíamos a acompañarle hasta la sala inmediata, donde le aguardaban sus familiares, cuando a él y a nosotros nos detuvo otro sujeto, también anciano simpático y venerable, que de improviso entró. Era don Tomás Moyano, ministro de Gracia y Justicia, célebre por sus muchos parientes, que iban viniendo en tribus invasoras de los pueblos de Rueda, Medina y La Seca, para acomodarse en la administración. Había sustituido a Macanaz. Si he de decir verdad, era hombre altamente insignificante, que por nada se distinguía como no fuera por su obesidad. Al entrar hizo algunos gestos, como mandando a todos que nos detuviéramos para comunicarnos algo de mucha importancia, y antes que le preguntáramos, dijo a voces:

—Aquí llevo el decreto para que lo firme Su Majestad.