—¿Qué decreto? —preguntaron varios con curiosidad suma.
—Señores —exclamó declamatoriamente—, felicitemos todos al señor Inquisidor general por la merecida distinción con que acaba de agraciarle Su Majestad.
—Nada más justo —dijo Ceballos, descifrando el enigma, y haciendo una cortesía al digno prelado—. Su Majestad ha concedido a Su Ilustrísima la Gran Cruz de Carlos III.
—¿Y eso era?... —balbució el pastor—. Pero ¿en qué están ustedes pensando?... ¡Darme a mí la Gran Cruz, a mí, que estoy muy lejos de merecerla, cuando hay tantos otros...!
—Fue idea mía, señores —dijo Moyano con vanidad indescriptible—. Anoche lo propuse a Su Majestad, y al punto... Hoy he extendido el decreto —añadió pasando la vista por un papel escrito—, y no le falta más que la firma... «En atención a los méritos del muy reverendo, etc... y en premio de su humildad apostólica...»
—En premio de su humildad apostólica —repitió Ceballos—. Me parece admirable. Señor prelado, felicito a Usía Ilustrísima.
—¡Todo sea por amor de Dios! —murmuró el obispo juntando las manos.
Nos inclinamos todos, y aquello fue un coro de felicitaciones y plácemes. Al santo y humilde pastor casi se le saltaban las lágrimas de puro enternecimiento. Yo estaba también muy conmovido.
—En vez de ocuparse en repartir cruces a los pobres viejos achacosos —dijo el inquisidor, con ese tono de represión benévola y delicada que se emplea para condenar aparentemente las cosas que más nos agradan—, debiera usted ocuparse, señor Moyano, en expedir de una vez ese decreto en que Su Majestad nos concede el uso diario y constante de nuestra venera.
—Es verdad —repuso Ceballos—; pero ya hemos tratado en Consejo este asunto. No se puede hacer todo de una vez.