—Se ha despachado primero la creación de la Cruz de Valencey —indicó Eguía.
—La Cruz de los Persas nos ha dado también mucho que hacer, —añadió Moyano.
—Y la Cruz del Escorial.
—Pero la de los señores inquisidores quedará despachada bien pronto, y podrán usar su distintivo diariamente, como los caballeros de Calatrava y Santiago, a fin de que sean conocidos del pueblo, y respetados y considerados como merece ese alto instituto.
—La visita que Su Majestad nos hizo el otro día —dijo con dulzura el prelado—, dignándose ver y fallar varias causas, sentado al lado nuestro y compartiendo nuestras fatigas, debía señalarse con una distinción solemne hecha al Supremo Consejo. Así entiendo yo la cruz que se me ha dado, señores: se ha querido honrar a toda la corporación, honrando a este indigno soldado de la fe. Doy las gracias a los generosos amigos de Su Majestad que se han acordado de este humilde siervo de Dios; y pues nobleza obliga, suplico a los señores ministros presentes que me acompañen hoy a la mesa.
—Yo acepto —dijo don Pedro Ceballos, con cortesana desenvoltura—. Desde el banquete que Su Ilustrísima dio al rey el día de la célebre visita, corre por estos barrios la noticia de que el cocinero del Inquisidor general es uno de los mejores de Madrid.
—Un pasar decoroso y nada más —repuso el Prelado—. Conque, señores, ¿no hay otro de ustedes que quiera hacer penitencia?
—Harela yo también, señor obispo —dijo don Francisco Eguía, estrechando fervorosamente la mano que el reverendo le alargaba.
—Por mi parte, no desairaré a Su Ilustrísima —manifestó Moyano, lleno de piedad cristiana—. El despacho con Su Majestad será breve.
—Señor duque —dijo Su Ilustrísima, despidiéndose—. Señor Collado, señor Pipaón, mil bendiciones para todos, y mil millones de gracias por sus bondades.