Salieron.

—¡Id con Dios!... ¡Fuera, fuera, vil chusma! —exclamó el duque, moviendo los brazos como cuando se espanta una turba de insectos importunos—. Esta sí que es vil chusma.

—Los pobrecitos se contentan con lo que les dan —indicó Chamorro sonriendo—. La verdad es que no molestan demasiado.

—Ya Ceballos da por muerto a su compañero y amigo Villamil —afirmé yo—. Ese fatuo insoportable me ha pedido noticias, y dice que esta noche piensa echar a Su Majestad un discursito acerca de la vil chusma.

—Ya veremos —indicó Alagón, haciendo ademán de pegar.

—Después lo veremos —repitió el exaguador.

—Y qué tal, señor Collado —preguntó Paquito—, ¿ha podido usted conseguir algo esta mañana?

—Así, así —repuso el lacayo, rascándose la sien—.Todavía no acaba de convencerse.

—Se le ha puesto entre ceja y ceja que Villamil es un hombre necesario, y apéele usted de esa burra —dijo el duque.

—Creo que esta noche le convenceremos —indicó el aguador—. Ya esta tarde, cuando le vestimos, parecía más inclinado...