—¿Ha habido piano esta tarde? —preguntó con afán el capitán de la guardia.
—Un poquitín de forte piano —replicó el lacayo maliciosamente.
—¿Y esta mañana?
—Rasca y más rasca... No se le podía meter el diente. Artieda, por importuno, se llevó una rociada de vocablos, que si fuera de palos, no le quedara un hueso en su lugar.
Esto necesita una explicación. Les favoritos habían observado que cuando Su Majestad, al sentarse junto a la mesa de su despacho, movía volublemente los dedos sobre ella, como quien toca el piano, modulando al par entre dientes un sordo musiqueo, se hallaba en excelente disposición para conceder lo que se le pedía. Por el contrario, cuando se rascaba la oreja o se pasaba la palma de la mano por la frente, era casi seguro que negaría la petición. Ajustaban todos hábilmente su conducta a estos externos signos del humor del príncipe, y por tal ley se regían los sucesos. Un gran movimiento en Palacio, excesivo flujo y reflujo de intrigas, febril actividad en los excelsos camarilleros, indicaban que era día de piano.
—Esta tarde vamos a paseo —dijo el duque—, y daré otro ataque. ¿Qué órdenes hay para esta noche?
—Come solo.
—Mejor. Ya me ha dicho que no irá al teatro en toda la semana. Habrá tertulia —murmuró el duque reflexionando—. No falte usted a la tertulia, Pipaón.
—Ni tampoco el señor don Antonio —dijo Chamorro levantándose.
—No faltará —aseguré yo.