—Voy adentro antes que me llame —añadió el aguador—. Hasta la noche, señores.

—Hasta la noche.

Luego que nos quedamos solos, el duque me dijo:

—Que no deje de venir esta noche don Antonio. Es hombre a quien cada vez estima más Su Majestad. Personas de tales prendas debieran poseer por entero la confianza de los reyes, no ese estúpido Chamorro...

—¡Ah! Usted piensa como yo, que... —dije adaptándome rapidísimamente, según mi costumbre, a las ideas de mi interlocutor.

—¿Qué?

—Que ese Chamorro es un bestia.

—Un dromedario, en cuya joroba no vendrían mal todos los palos que él daba a su pollino cuando traía agua de la fuente del Berro.

—¡Quién sabe!... Puede que el palo esté ya cortado de la rama y alguien esté afilándole los nudos.

El duque se echó a reír, marchando ya hacia la puerta, para ir a la regia cámara.