Mortificado por mi dignidad, un poco ofendida, permanecí en silencio; pero el insigne repúblico debió de adivinar mis pensamientos con su seguro tino, y me dijo:

—¿Qué, no estás contento todavía? No sé en qué piensan los muchachos del día... Ya se ve... ¡los tiempos que corren y los escándalos de estos últimos años han despertado las ambiciones de tal modo!... En mis tiempos, lo que hoy se te da equivalía a un arzobispado de los de mejor renta.

—No me quejaré —repuse humildemente—, porque es propio de mi condición no pedir nada y aceptar lo que me dan; pero... si han de acomodarse las recompensas a los merecimientos...

—¡Tus merecimientos! —exclamó su señoría con desdén—. ¿Cuáles son? ¿Qué letras has cursado, perillán? ¿Qué tratados de materia jurídica o teológica has escrito? ¿Qué servicios has prestado a la Administración, bergante? ¿Qué ejércitos acaudillaste, zopenco, ni qué rey te debió la corona?

—Sobre eso hay mucho que hablar, señor don Buenaventura de mi alma —respondí con brío—. Si a todos se repartiera por igual, no me quejaría; pero se están viendo improvisaciones escandalosas. Ahí tiene usted a Antonio Moreno. ¿Qué era hace un mes? Ayuda de peluquero, pues ni siquiera podía llamarse maestro peluquero. ¿Qué es hoy?... Consejero de Hacienda.

Don Buenaventura calló. Le dejé suspenso y absorto.

—Es verdad —dijo al fin—. Ya lo sabía... pero eso no tiene nada de particular. Antonio Moreno era... un excelente profesor de cabezas... No debe olvidarse que en Valencia sirvió de amanuense cuando se redactó el célebre decreto del 4.

—¡Consejero de Hacienda! —exclamé yo alzando los brazos—. ¡Consejero de Hacienda un vil peluquero!

—Pero a nosotros, ¿qué nos importa? Allá se las compongan... Dime tú, ¿qué pedazo de pan nos quitan de la boca, haciendo a Moreno consejero? Además, el honor de haber redactado tan sublime documento, merece perpetuarse con una posición decente... ¿Qué piensas? ¿Qué opinas? ¿Por qué has hecho ese gesto de monja escandalizada, cuando he nombrado el decreto del 4 de mayo? ¿No te gusta? ¿No te parece categórico? ¿No lo crees una obra admirable y que nada deja que desear?

Yo callaba, porque mil dudas y desconfianzas ocupaban mi espíritu.