—Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.
—Eso es verdad,
—Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: ¿quién es ella? Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona, más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir. Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.
Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el caballero de Felipe IV se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la arranca de cuajo.
—Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe. ¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente y encimita le encajaran un ascenso?
—Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.
—Le apoyaron dos Diputados—dijo Sevillano:—hicieron fuerza de vela sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...
—Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera—observó el viejo acalorándose—que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta señorona hay en la alta sociedad...
—No haga usted caso, D. Ramón—indicó Argüelles.—Si, después de todo, su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura, como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve ni remiendo que la enderece.
—Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.