—Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí. Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así, todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el Pasmo de Sicilia... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo, que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.
—Si yo me sorprendiera de esto—declaró Villaamil entre risueño y desdeñoso,—sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!
—No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita—apuntó Sevillano.—Con el teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los pies en él.
—Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga aquí la nota...
—De esas que no piden, sino mandan.
—Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo tuviera veinte años menos...!
Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad, enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su vanidad de Tenorio.
—Francamente, señores—manifestó con acento de hombre muy corrido,—nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor, contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo absolutamente, créanme ustedes.
—¡Fuera remilgos, y á ellas!—dijo Villaamil, á quien le había entrado hilaridad nerviosa.—No están los tiempos para hacer fu á nada... Este padre de familias es terrible. No le gustan más que las doncellitas tiernas.
—Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás para bobos.