—¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!... Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío... Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que llevamos en la cara nos lo impide!

Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.

—Vamos á la oficina—dijo el caballero alguacilado, embozándose en el ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los pasillos;—que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida, D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le protege, le regala cada dos años su ascensito.

—¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de aspirante con cinco mil...

Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:

—Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé, y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.

—Más vale así, hombre, más vale así—repuso el otro observándole los ojos.—¿Qué traes por acá?

—Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río (riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le hacen á uno... morir de risa.

El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices jornaleros de la Hacienda pública.

—Hoy os dan la paga—dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel reir franco y bonachón de que afectado estaba.