Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el edificio se quedaba como vacío, solitario, lleno de un polvo espeso levantado por las pisadas. Pero aun venían de arriba destacamentos rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil, tres mil pagas de diversa cuantía, que el Estado lanzaba al tráfico devolviendo por modo parabólico al contribuyente parte de lo que sin piedad le saca. La alegría del cobro, sentimiento característico de la humanidad, daba á la caterva aquélla un aspecto simpático y tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo con gabán y sin otra idea política que asegurar y defender la pícara olla; proletariado burocrático, lastre de la famosa nave; masa resultante de la hibridación del pueblo con la mesocracia, formando el cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.
Embozábase Villaamil en su pañosa para resguardarse del frío callejero, cuando le tocaron en el hombro. Volvióse y vió á Cadalso, quien le ayudó á asegurar el embozo liándoselo al cuello.
—¿Qué tiene usted... de qué se ríe usted?
—Es que... estoy esta tarde muy contento... Á bien que á ti no te importa. ¿No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?
—Sí... pero... ¿Va usted á casa?
—Otra cosa que no es de tu incumbencia. ¿Tú adónde vas?
—Arriba á recoger mi título... Yo también estoy hoy de enhorabuena.
—¿Te han dado otro ascenso? No me extrañaría. Tienes la sartén por el mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo por montera antes que se acaben las carcamales.
—No sea usted guasón. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. Él se queda con aquella maldecida casa de Vélez-Málaga que no valía dos higos, paga las costas, y yo...
—Suma y van tres... Otra cosa que á mí me tiene tan sin cuidado como el que haya ó no pulgas en la luna. ¿Qué se me da á mí de tu hermana Quintina, de Ildefonso, ni de que hagáis ó no cuantas recondenadas paces queráis?