—Es que...

—Anda, sube, sube pronto y déjame á mí. Porque yo te pregunto: ¿en qué cochino bodegón hemos comido juntos? Tú por tu camino, lleno de flores; yo por el mío. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio ni esto... Más quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...

No le dió tiempo á más explicaciones, y asegurándose otra vez el embozo, avanzó hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la capa, acompañando el tirón de estas palabras amigables:

—¡Eh, simpático Villaamil, aunque usted no quiera!...

Urbanito Cucúrbitas, pollancón rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y con mucha nuez; semejante á vástago precoz de la raza gallinácea que llaman Cochinchina; vestido con elegante traje á cuadros, cuello larguísimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables, muy limpio y la boca risueña, enseñando hasta los molares, que bien podrían llamarse del juicio si alguno tuviera.

—¡Hola, Urbanito!... ¿Has cobrado tu paga?

—Sí, aquí la llevo (tocándose el bolsillo y haciendo sonar la plata); casi todo en pesetas. Me voy á dar una vuelta por la Castellana.

—¿En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el mundo. ¡Qué risueño estás! Pues mira; yo también estoy de vena hoy... Dime, ¿y tus hermanitos, han cobrado también sus paguillas? Dichosos los nenes á quienes el Estado les pone la teta en la boca, ó el biberón. Tú harás carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la opinión general que te califica de tonto. Aquí el tonto soy yo. Merezco, ¿sabes qué?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar en su despacho y me tenga allá tres horas con una coroza de orejas de burro... por imbécil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral, en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me llamen el señor de Miau, que me hagan aleluyas con versos chabacanos para hacer reir hasta á las paredes de la casa... No, si no lo digo en son de queja; si ya ves... estoy contento, y me río... me hace una gracia atroz mi propia imbecilidad.

—Mire usted, querido D. Ramón (poniéndole ambas manos en los hombros). Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me reí un poco cuando Guillén los llevó á mi oficina; no niego que me entró tentación de enseñárselos á mi papá, y se los enseñé...

—Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.