—No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia, ¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.
Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:—¿Qué hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada?
—Cero—replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la tierra.—Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy!
—¡Bandido!—exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.
—Bandido no—declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor tribulación se permitía ultrajar al contribuyente.—Es que no siempre se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea uno de los hombres más honrados que hay en la Administración.
—Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace pagar á tocateja el despacho de los expedientes?
—Cállate, mujer.
—¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de San Escrúpulo bendito. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad. Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera, pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces valer, porque fray modesto ya sabes que no llegó nunca á ser guardián. Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho muchos que hoy están en candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la credencial.
—Mamá, que es tarde—dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la toquilla.
—Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes, con eso de llamarles á todos dignísimos, y ser tan delicado y tan de ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo es! ¡Oh! el empleado probo...» Yo, cuando me enseñan un probo, le miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado. Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire por sí y por su familia...