—No, señor, la tengo aquí—dijo Cadalso, sacándola.—¿La quiere usted leer?

—No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...

La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el muy malos, moviendo la cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante, desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes personas naturales, y á Canelo, que á su lado seguía, le tuvo por verídico perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa visión, pero no había nada. «Es que me dió aquéllo—pensó Cadalsito, no sabiendo definir lo que le daba;—pero me ha dado de otra manera». Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta; pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el Señorón aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en vida natural!... ¡Si sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!...

Pensando de este modo, dirigióse Luis á su casa con toda la prisa que la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío del espinazo no se le quitaba andando. Canelo parecía muy preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces la cabeza de Canelo, y que éste le miraba sacando mucho la lengua... Luego Canelo podría dar fe...

Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido, que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era tanta, no reparó en la temperatura.

Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres semanas, cuando entró Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había venido in albis. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro tan triste, Abelarda soltó esta frase:—Ha dicho Ponce que la ovación de esta noche será para la Pellegrini.

—Me parece una injusticia—afirmó doña Pura con sus cinco sentidos—que se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna cosa del otro jueves.

—Calla, mujer—indicó Milagros doctoralmente.—Mira que la otra noche dijo el fuggi fuggi, tu sei perdutto como no lo hemos oído desde los tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y, francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos.

—Pero no nos descuidemos—dijo Pura.—En noches así, el que se descuida se queda en la escalera.

—¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos guardarán los asientos?