Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la escuela ocurría. Después se lanzó á decir:

—¡Contro, si yo le cojo!...

—Mira, amigo Cadalso—le dijo su interlocutor con paternal severidad,—no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te digan Miau, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á Posturitas en cruz media hora.

—Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.

—Ese nombre de Miau de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.

Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.

—Ya sé que esta noche van también al Real—añadió la aparición.—Hace un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!

—No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted.

Aun cuando á Dios se le dice en los rezos, á Luis le parecía irreverente, cara á cara, tratamiento tan familiar.

—¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has perdido?