Doña Pura dió un chillido... «¡Ay, hijo de mi alma!... ¡mujer!», y Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobré la víctima, clavándole los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en cuanto derribó y clavó las uñas á Luisito, ya no fué mujer, sino el ser monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza femenina. «¡Perro, condenado... te ahogo! ¡embustero, farsante... te mato!», gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró á mano.

Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó paralizada sin poder acudir á evitar el desastre, y lo que hizo fué dar chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fué sacar al pobre Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su madre tiraba de ella, ayudándola á levantarse, y de rodillas aún, convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía:

—Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la familia...

—Pero, hija, ¿qué tienes?...—gritaba la mamá sin darse cuenta del brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban á Luisito, por si tenía algún hueso roto. El chico rompió á llorar, el rostro encendido, la respiración fatigosa.

—¡Dios mío, qué atrocidad!—murmuró Víctor ceñudamente.

Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso en blanco los ojos y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada, doña Pura sin saber á quién atender primero, los demás turulatos y aturdidos.

—No es nada—dijo al fin Milagros, corriendo á traer un vaso de agua fría para rociarle la cara á su sobrina.

—¿No hay por ahí éter?—preguntó Víctor.

—Hija, hija mía—exclamó el padre,—¿qué te pasa? Vuelve en ti.

Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante y el bracear violentísimo. Por fin, la sedación se inició tan enérgica como había sido el ataque. La joven empezó á exhalar sollozos, á respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla á su lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón. No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso habían conseguido acallar á Luisito, convenciéndole de que todo había sido una broma un poco pesada.