De repente el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó:
—De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y ojalá no hubieras entrado nunca en ella.
—¡Que tengo yo la culpa!... ¡Pues no dice que yo...!—respondió el otro descaradamente.—Ya me parecía á mí que no estaba usted bueno de la jícara...
—La verdad es—observó Pura, saliendo del cuarto próximo,—que antes de que tú vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.
—¡Ahí también usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba á pasar la travesía del ayuno! Si me marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor?
Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de blandirla en alto y estampársela en la cabeza á su hijo político. Pudo dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:
—Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de excusas ni aplazamiento.
—No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.
—Jauja ó no Jauja (á punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete á vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los dientes.) En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias, alcanzadas por el deshonor... Pronto, á la calle... El señor de Miau quiere perderte de vista.
Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper á llorar nuevamente, Milagros haciendo pucheros...