—Bien—dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus resoluciones, siempre que eran mortificantes.—Me voy. También yo lo deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo á mi hijo.
Las dos Miaus le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los dientes.
—¿Pues qué...? Después de lo que ha pasado hoy—añadió Víctor,—¿todavía pretenden que yo deje aquí á este pedazo de mi vida?
La lógica de esto argumento desconcertó á lodos los Miaus de ambos sexos.
—¡Pero qué tonto!—insinuó doña Pura con ganas de capitular,—¿crees tú que esto volverá á pasar? ¿Y adónde vas con tu hijo, adónde? Si el pobrecito no quiere separarse de nosotros.
Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:
—No, lo que es el niño no sale de aquí.
—¡Vaya si sale!—sostuvo Cadalso con brutal resolución.—Á ver: saque usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.
—Pero, ¿adónde le llevas?, bobo, simple... ¡Qué cosas se te ocurren tan disparatadas!
—Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que ustedes.