Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba á caer con la pataleta. Villaamil dió una vuelta sobre sí mismo, como si le hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en firme; abrióse de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas, mujeres cobardes, ¿no sabéis que Morimos... Inmolados... Al... Ultraje?
Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fué detrás, creyendo que iba disparado á arrojarse por el balcón á la calle.
XXXIX
—No cedo, no cedo—dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con ella.—Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy?
—¡Por Dios, hijo!—le respondió con dulzura la pudorosa Ofelia, queriendo someterle por buenas.—Todo ello es una tontería... No volverá á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si nos le quitas...
La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar á su yerno combinando la energía con la suavidad. Al ir la Miau mayor al gabinete en seguimiento de su marido, le encontró arrojado en un sillón, la cabeza entre las manos.
—¿Qué te parece que debemos hacer?—le dijo ella confusa, pues no había tenido tiempo aún de tomar una resolución. Grande, inmensa fué la sorpresa de doña Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondió estas inverosímiles palabras:
—Que se lo lleve cuando quiera. Será un trance doloroso verle salir de aquí; pero ¡qué remedio!... Por lo demás, no hay que remontarse, y digo más... digo que, en efecto, mejor estará el chiquillo con Quintina que con... vosotras.
Al oir esto, la figura de Fra Angélico examinó en silencio, atónita, el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba á perder la razón, confirmóse entonces, oyéndole decir aquel gran desatino. «¡Que estará mejor con Quintina que con nosotras! Tu no estás en tu juicio, Ramón».