—¡Pero qué malo es ese hombre!—dijo el crítico á su amada.—Es una bestia apocalíptica.
—No lo sabes tú bien—respondió la chica, mirando fijamente á su novio mientras éste se acariciaba con el pañuelo sus siempre húmedos lagrimales.—Alma más negra no echó Dios al mundo... ¡Mira tú que es maldad; querer quitarnos á Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha! Desde que nació está con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos cuidado como á las niñas de nuestros ojos; le sacamos adelante del sarampión y la tos ferina, con mil sacrificios. ¡Qué ingratitud, y qué infamia! Ya ves lo pacífica que soy. Más que pacífica soy cobarde, inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lástima del pobre animalito. Pues bien; á ese hombre, si á mano le tuviera, creo que le atravesaría de parte á parte con un cuchillo... Para que veas.
—Sosiégate, minina—dijo Ponce con voz meliflua.—Estás excitada. No hagas caso tú. ¿Me quieres mucho?
—¡Vaya si te quiero!—replicó Abelarda, plenamente decidida á tirarse por el Viaducto, es decir, á casarse con Ponce.
—Tu mamá te habrá dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, día de la Cruz. ¡Qué largo me está pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches y días.
—Pero todo llega... Detrás de un día viene otro—dijo Abelarda mirando al techo.—Todos los días son enteramente iguales.
Las conferencias entre las dos Miaus y Víctor duraron hasta que éste salió vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazón de Cadalso. Lo más que obtuvieron fué aplazar la traslación de Luis hasta el día siguiente. Enterado Villaamil de esto, salió y dijo á su yerno con sequedad:
—Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevaré yo mismo á casa de Quintina. No hay más que hablar... No necesitas tú volver más acá.
Á esto respondió el monstruo que por la noche volvería á mudarse de ropa, añadiendo benévolamente que el acto de llevarse al hijo no significaba prohibición de que le vieran sus abuelos, pues podían ir á casa de Quintina cuando gustaran, y que así lo advertiría él á su hermana.
—Gracias, señor elefante—dijo doña Pura con desdén.